sábado, 25 de julio de 2015

Soy lo que hago y mi conducta define lo que soy


Lo obvio y lo imaginario

Somos organismos que vivimos en ambientes favorecedores de nuestra existencia. Necesitamos una cierta temperatura y determinadas condiciones en la atmósfera y en el entorno psicosocial. necesitamos incorporar y eliminar sustancias orgánicas a través de nuestro cuerpo, y relacionarnos social y afectivamente con los otros seres vivos. El amor y la cultura son parte de nuestro ambiente inmediato. 
Cuando las condiciones de existencia son inferiores a cierto umbral mínimo, nos enfermamos o nos morimos. Es así de simple, no existimos fuera de las condiciones ambientales mínimas. Por lo tanto, los organismos que establecen mejor relación con el ambiente logran una mejor calidad de vida.
El contacto con el medio ambiente es la función vital más elemental que tenemos para sobrevivir. Este contacto se llama experiencia. Es sensorial, vital y siempre se da en el presente. Es una consciencia inmediata del entorno y la respuesta que damos, de aceptación o rechazo. Esta respuesta es una creación ante lo novedoso que se nos plantea en la experiencia en el aquí y ahora. 

Los seres humanos tenemos una función exclusiva: la actividad mental, es decir, la posibilidad de pensar, imaginar y simbolizar. Este maravilloso don nos diferencia de los animales y nos coloca en la cúspide de la evolución. A partir de esta capacidad, hemos descubierto la posibilidad de la comunicación verbal y hemos creado miles de culturas a través de la historia. 
Podemos adelantar nuestra acción, previéndola en imágenes, estrategias y planes. Podemos volcar en un papel nuestras ideas y compartirlas más allá de nuestra presencia. Podemos leer a personas del pasado, a través de esa extraordinaria simbolización que es la escritura.

Esta capacidad de simbolizar es tan poderosa que creamos conceptos para describir cada una de las características del medioambiente: objetos, sonidos, acciones, actitudes, el nombre de los colores y el sabor de los alimentos. Les ponemos palabras y los definimos. Parece que todo puede ser conceptualizado. Si no, no existe. 
Como decía Allan Watts: 

¿Qué nos pasa? El problema básico de la civilización, sea americana, alemana, inglesa, china o japonesa, radica en que confundimos nuestros sistemas de símbolos y descripciones con el mundo real y natural, el universo representado con el universo vivo, el dinero con la riqueza, las cifras con los hechos, los pensamientos con las cosas, las ideas con los acontecimientos, el ego con el organismo y el mapa con el territorio.

Y más adelante agrega:

La palabra agua no se puede beber y un barco no flota sobre la fórmula H2O

Pero el problema es más complejo aún. La conceptualización es subjetiva. Es decir, la realiza un sujeto: un yo. Mi conceptualización puede ser distinta a la tuya y a la del otro. Entonces comenzamos a crear realidades de acuerdo con la subjetividad del que la está percibiendo. Cada vez que creamos una conceptualización que describe la realidad, la definimos, la acotamos y la nombramos desde nuestra subjetividad. Si a esa conceptualización le llegamos a dar valor de verdad, entonces la discusión a muerte es inevitable y una de las lecturas de la realidad es verdadera y las otras están totalmente equivocadas.
La relación que entablamos con nuestro entorno es experiencial y altamente contaminada con nuestras subjetividades. La lectura o decodificación está contaminada por nuestra capacidad de significar la realidad y debemos convivir con esta "inevitable contaminación" ya que el contacto puro y aséptico no existe. Por lo menos en el estado ordinario de consciencia que habitamos cotidianamente.

De todas maneras, podemos establecer ciertas convenciones que nos permiten comunicarnos sin enloquecernos. Podemos estar de acuerdo en llamar "árbol" a este ser vegetal que nos da sombre y "televisor" a esa máquina con pantalla. Es decir, que podemos estar de acuerdo convencionalmente en ciertos códigos de lectura de la realidad, donde nuestras subjetividades coinciden, sabiendo que de ninguna manera estamos describiendo a la realidad en sí.

A esta descripción convencional la llamamos "lo obvio". Es el consenso por los objetos, colores o por los movimientos que observamos. Por ejemplo, podríamos decir que "Pablo está sentado rascándose la cara con la mano derecha" si todos estuviéramos viéndolo desde el mismo ángulo. A esta actividad la llamamos percepción, la posibilidad de captar la realidad a través de los sentidos y describirla en palabras que nos permiten comunicarnos en términos compartidos. Esta percepción puede ser deformada por la imaginación, la capacidad de crear, de inventar supuestos, de crear significados o de asociar con otros significados. Entonces podemos afirmar que "Pablo está tocándose la cara para contener sus impulsos destructivos" y afirmar está suposición como si fuera una percepción. 

Es un problema muy grande cuando "lo imaginario" sustituye a "lo obvio" y lo es aún peor cuando no nos damos cuenta y lo transformamos en una verdad absoluta.

Nos inventamos historias y las repetimos tantas veces que nos parecen obvias. Nos encerramos en nuestras películas y reemplazamos la realidad por nuestras construcciones imaginarias.

Vamos a explorar nuestra capacidad de contactarnos con el mundo a través del siguiente experimento. Primero definiremos sintéticamente las dos variables que vamos a explorar.

Lo obvio: es aquello que podemos percibir a través de nuestros sentidos y puede ser compartido por convención con las demás personas.

Lo imaginario: es aquello que libremente agregamos, suponemos o inventamos. Son pensamientos, ideas o hipótesis. Es subjetivo.

Lo obvio puede ser compartido por los observadores mientras que lo imaginario es absolutamente individual y por lo tanto varía.
Por ejemplo, "Juan entra a un salón donde están reunidas varias personas, y todas observan que tiene en ceño fruncido. Cada una lo traduce a su manera": 

a) me imagino que está enojado.
b) me imagino que le duele la cabeza.
c) me imagino que está preocupado.
d) me imagino que me va a pegar.
e) me imagino que le pasó algo y está apenado.

Si cada una de estas personas confunde lo obvio con lo imaginario, puede creer que lo que imaginó es verdad y discutir con los otros acerca de lo que le pasa a Juan en vez de preguntarle a Juan qué es lo que le pasa; ello sería lo más atinado.
No es conflictivo imaginar. Lo malo es confundirlo con lo real.


Ejercicio 1

"ES OBVIO QUE..." "ME IMAGINO QUE..."

Se juega en parejas. Primero se eligen A y B.
A comienza observando detenidamente a B y cuando algo le llama la atención, lo enuncia de la siguiente manera:
A: Es obvio que me miras sonriente. Me imagino que estarás intrigad@ con lo que voy a decirte.
B: Es obvio que adelantas el torso para hablarme, que pusiste tus manos en jarras y levantas tus hombros. Me imagino que me estás desafiando.
La diferenciación de estos dos elementos produce una notable disminución de los malentendidos. Por lo tanto, ante la duda es mejor preguntar "esto que me imagino, ¿es así?" o preguntarle al otro "¿Qué te pasa?".
La simplicidad de la comunicación garantiza la no-distorsión y su profundidad.


Ejercicio 2

EL PISH
Lo obvio y lo imaginario en acción

Ahora vamos a hacer un segundo ejercicio que consiste en diferenciar estas instancias y relacionarlas en una cadena sensorio-motora que nos permita concientizar la forma de establecer el contacto con el mundo.
P: Percibo. Es lo que veo, toco, siento, etc. Es lo obvio.
I: Imagino. Es lo que agrego. Lo que no está obvio. Lo que yo pienso.
S: Siento. Es la reacción emocional frente a lo que percibo.
H: Hago. Es la acción que expresa al sentimiento.

Este ejercicio consiste en que cada persona haga una serie completa, incluyendo a cada uno de estos cuatro elementos.
Por ejemplo: 

Percibo: Que Juan está gritando.
Imagino: Que me quiere asustar. O que está asustado, o cualquier otra cosa.
Siento: Curiosidad por saber qué le pasa.
Hago: Le pregunto.

El punto clave de este ejercicio es descubrir si lo que siente la persona está en relación con lo obvio o con lo imaginario.
Otro ejemplo:

Percibo: Que me tocaste la mano.
Imagino: Que me quieres seducir.
Siento: Mucha vergüenza.
Hago: Me pongo colorada y me alejo.

Aquí el sentimiento se basa en el imaginario en vez de apoyarse en la percepción. Se contaminó la percepción con un supuesto que es tomado como cierto sin ser verificado. Su vergüenza es un sentimiento que se creó ella misma y se lo atribuye a la interacción con su compañero. La seducción es una intencionalidad que una persona le asigna al movimiento de la mano y no es obvia, es imaginaria.



En el circuito sano la persona se conecta con el entorno y sus imaginarios no interrumpen el contacto. En el circuito neurótico la persona se conecta emocionalmente con sus imaginarios y se inventa estados emocionales que no se ajustan a la realidad. Dado que las fantasías pueden ser anastróficas o catastróficas, esto puede conducir a estados ilusoriamente felices o estados de tristeza o ataques de pánico, etc. Es el mecanismo conocido vulgarmente como "darse manija" o "hacerse la cabeza".

El organismo sano es el que está en contacto con lo que sucede y no con lo que se imagina que sucede. Nuestros imaginarios pueden ser un puente a nuestra creatividad o un sustituto de la percepción que nos conduzca al autoengaño.




¿Puedes observar aquí el circuito neurótico del PISH? Identifica la percepción, el imaginario, el sentir y el hacer de estos personajes. Me gustaría que lo compartieras en el blog! 

Hasta la próxima!!!

jueves, 2 de julio de 2015

Dime qué percibes y te diré como existes

Cuando vivimos nuestra realidad cotidiana,
¿Con qué nos contactamos?
¿Con lo que nos rodea?
¿Cuál es esa realidad que configura nuestro entorno?
¿Con quién me relaciono?

Nuestra actividad mental es una característica de nuestra existencia y sin ella estaríamos expuestos a muchísimas dificultades. La capacidad de simbolización nos permitió crear nuestras culturas y la comunicación con los seres humanos. Es maravilloso poder nombrar a las cosas y de esa manera comunicar a las otras personas lo que queremos decir. El uso de las palabras nos facilita el entendimiento y nos permite trasladarnos desde un nivel de experiencia hasta un nivel de comunicación y de conceptualización. Cuando mantenemos la conexión del mundo experiencial y el mundo simbólico, nuestro lenguaje es rico, intenso y presente.
El problema comienza cuando nuestro lenguaje descriptivo se transforma en sustitutivo y verdaderamente reemplaza a la experiencia.
Las palabras y los pensamientos comienzan a tener su propio peso y se hacen más densos. Es decir, pasan a ser la realidad y nos perdemos en el mundo de las ideas.


Relación entre el mundo de los pensamientos y nuestras emociones

Cuando un organismo sano se contacta con su entorno, produce reacciones emocionales y ajusta su conducta a la situación presente. Si siente frío, se abriga; si siente dolor, se aleja y se protege, etc. Es decir, la reacción emocional adecuada se apoya en la percepción y se expresa adecuadamente en el ambiente, creando un vínculo con el entorno que satisfaga a esa persona y tenga en cuenta al otro. El vínculo sano se establece entre dos organismos que se captan sin interferencias, se respetan y se complementan. Veo al que está enfrente de mí sin asociarlo ni confundirlo con otra persona. Por lo tanto, mis afectos o mis rechazos guardan sintonía con el vínculo que tenemos.


¿Qué sucede si una persona enlaza su sentir al imaginario que está produciendo?

Si siente sobre la base de lo que imagina, genera una pseudo realidad. Es decir, se cree como verdadero lo que está suponiendo y reacciona emocional y conductualmente sobre la base de lo que imagina.
Si siente frío y se imagina que se va a enfermar, siente miedo y se toma una aspirina; si percibe a una persona desconocida y la imagina amenazante, se protege huyendo o agrediéndola previamente.
Entonces nuestro vínculo con la vida se hace irreal y comenzamos a crearnos mundos propios llenos de autojustificaciones. Todos los acontecimientos calzan en nuestros moldes y tenemos las explicaciones pertinentes para cada situación.
Comenzamos a crear universos simbólicos, propios o compartidos por otras personas, donde nuestros prejuicios y creencias sustituyen la experiencia sencilla de la realidad. La conexión entre nuestras reacciones emocionales y nuestros pensamientos pasa inadvertida y nuestras emociones nos convencen de que estamos viviendo algo real. No advertimos que estamos creando nuestra propia realidad y generando un mundo emocional propio.


¿Qué sucede cuando nos damos cuenta de que esos pensamientos nos están creando lo que sentimos?

Cuando los pensamientos que estamos produciendo nos generan miedo o angustia, cambiamos de pensamientos y nos generamos calma o bienestar. De todas maneras, el sustituir un pensamiento por otro es como pasar de una nube a la de al lado.
Entonces llegamos a una máxima de nuestros días:

“Las emociones agradables provienen de los pensamientos positivos y los sentimientos negativos son causados por los malos pensamientos”

Conclusión: aprendamos a tener pensamientos positivos y se cumplirán nuestros deseos en la vida. Si el pensamiento es productor de bienestar y malestar, controlemos nuestro mundo de ideas y la realidad será nuestro reino conquistado.


¿Es que podemos ser tan ingenuos? Absolutamente, si.

El control de la vida es nuestra máxima aspiración en nuestro nivel de conciencia más elemental. Es el mundo de la soberbia y de la omnipotencia. Un yo poderoso que controla la realidad o un yo débil que se deja controlar. Es la trágica lucha por imponernos al mundo o ser devorados por el mundo. Solo hay un ganador y el yo quiere serlo.
El campo de batalla es el mundo de las ideas y los pensamientos. Unos luchan contra otros. Todos los hechos, asociados a imaginarios, nos producen reacciones emocionales y nos confirman de esa manera que es verdad lo que estamos viviendo. Nos confundimos con la vivencia emocional, pues creemos que proviene de un contacto genuino con nuestro entorno, cuando en realidad es la consecuencia de una serie de pensamientos entrelazados. Los imaginarios están tan asociados a nuestra interpretación de la vida cotidiana que pasan desapercibidos. De esta manera contaminamos, sin darnos cuenta, cualquier situación con supuestos, temores o idealizaciones.
Nuestra tragedia aumenta cuando el objeto de nuestra atención somos nosotros mismos. Si empezamos a tener ideas acerca de nosotros, nos interpretamos y nos concebimos mentalmente, la consecuencia es una película acerca de nuestras vidas. Así empezamos a contarnos la historia que nos tiene como protagonista de nuestra serie. A veces somos los mejores del mundo y nadie podrá resolver las situaciones como nosotros. Somos imprescindibles. En otras ocasiones, somos los culpables de todas las desgracias o los herederos de una carga sin solución. Es decir, culminamos nuestra obra de arte inventándonos una identidad y decimos: “yo soy…” y nos contamos una historia acerca de nosotros.
Y ahí empezamos otra vez, si la historia es maravillosa, nos sentimos los reyes del universo y si la historia es desastrosa, nos sentimos unos pordioseros. A veces, alternamos historias y nos confundimos aún más.
Entonces, llegamos a las preguntas:

¿Quién soy? ¿Cuál es el mundo que me rodea? ¿Con quién me estoy contactando?...

Aquí comienza una posibilidad de responderme, sin historias que me retrotraigan otra vez al paradigma anterior. Esa oportunidad es a través de la relación natural con el mundo. Este vínculo es sensorial, emocional y vivencial. Es una relación completa en la que estamos presentes con todo nuestro ser. Nos integramos en un ser completo que puede pensar sin confundirse con sus imaginarios y sentir sobre la base de lo que percibe, de lo que está sucediendo, de lo que experimenta aquí y ahora. Un vínculo en el cual nuestra acción integre lo que pensamos y lo que sentimos, nuestros valores y la responsabilidad de cada acción que decidimos hacer. Nos captamos como una totalidad que existe en un entorno y formamos parte de ella.
El mundo ya no es un basurero de mis descargas y cada situación que me toca vivir está dentro de mi destino sin interrumpirlo. Nada es un obstáculo, si no que cada situación es una experiencia a ser integrada. Aprendemos a conocernos de esta manera, a través de cada situación que nos toca atravesar. Somos parte de esas situaciones y si podemos conectarnos con lo que está sucediendo, poniendo entre paréntesis los imaginarios, sentiremos directamente en relación con nuestro entorno. La deformación será mucho menor. No será totalmente pura tampoco, pues nuestra cultura está filtrando los significados que damos. No podemos tener un contacto totalmente aséptico pero podemos relacionarnos, dentro del marco cultural, de una manera más sana y menos deformada por nuestras ilusiones.
Es un problema muy grande cuando “lo imaginario” sustituye a “lo obvio” y lo es aún peor cuando no nos damos cuenta y lo transformamos en una verdad absoluta.
Construimos universos imaginarios y los transformamos en verdaderos.
Una distorsión muy común es la adjudicación de intencionalidades. Creemos saber las motivaciones ocultas del otro y desde ese supuesto leemos su conducta. Por ejemplo: “el me hace estos pedidos para agredirme y descalificarme”. Si el otro intenta aclarar, “sabemos que nos está mintiendo” y confiamos más en nuestra hipótesis que en la percepción. Incluso, podemos llegar a este absurdo:
Si la realidad no encaja en nuestros moldes, la que está mal es la realidad.

¿Qué sucede cuando experimentamos reacciones emocionales? No es lo mismo sentir en función de lo que está sucediendo que reaccionar en función de lo que me imagino que está sucediendo. Por ejemplo, no me causa el mismo sentimiento que “Pablo se toque la cara” a que “Pablo se está aguantando la bronca que me tiene”. En el primer caso sentiré indiferencia y en el segundo, tal vez sienta temor o bronca.
Sobre la base de este sentimiento, mis acciones serán muy diferentes. Sisiento indiferencia, no haré nada y si siento temor, tal vez huya de la escena o me defienda “antes de que me haga algo”. Es decir, construimos cadenas de malos entendidos, a partir de un imaginario que sustituye a la percepción, lo damos por cierto, sentimos en relación con el imaginario y actuamos en consecuencia.

En nuestro próximo encuentro te propondré un ejercicio en donde podrás identificar dentro de ti lo obvio y lo imaginario. Y un segundo ejercicio que consistirá en diferenciar estas instancias y relacionarlas en una cadena sensorio-motora que nos permita concientizar la forma de establecer el contacto con el mundo (PISH).

¡Hasta la próxima!












sábado, 6 de junio de 2015

La relación con los demás


Si yo no me ocupo de mí mismo, ¿quien lo hará? Y si no me ocupo más que de mí mismo, entonces, ¿qué soy? Y si no me preocupo ahora, entonces, ¿cuando?
HILLEL, Tratado de los padres



La vida es lucha. Es una lucha que no vale la pena afrontarla a solas. Nuestro espíritu siempre busca un sentido más allá de los confines del "cansancio de ser uno mismo", por utilizar la bella fórmula del sociólogo Alain Ehrenberg. Hace falta otra razón además de la simple supervivencia para perseverar en el esfuerzo de vivir. En Tierra de hombres, Saint-Exupéry cuenta cómo el piloto Henri Guillaumet se perdió con su avión en la cordillera de los Andes. Caminó en línea recta durante tres días en medio de un frío glacial. Finalmente cayó, de cara, en la nieve. Aprovechó este respiro inesperado y comprendió que si no se incorporaba de inmediato, no lo haría nunca. Pero, agotado hasta la médula, no tenía ganas. Prefería la idea de una muerte dulce, indolora, tranquila. En su cabeza ya se había despedido de su esposa e hijos. En su corazón había sentido por última vez su amor por ellos. Después, se apoderó de él un pensamiento: si no encontraban su cuerpo, su esposa debería esperar cuatro años antes de poder cobrar el seguro de vida. Abrió los ojos, y entonces vio un roquedal que emergía de la nieve a 100 metros de donde se encontraba. Si conseguía arrastrarse hasta allí, su cuerpo sería un poco más visible. Tal vez le descubrirían antes. Por amor a los suyos se incorporó y volvió a caminar. Pero entonces ya se hallaba poseído por ese amor. No se detuvo, y recorrió más de 100 kilómetros en la nieve antes de alcanzar un pueblo. Más tarde, diría: "ningún animal en el mundo habría hecho lo que yo hice". Porque su supervivencia había dejado de ser motivo suficiente, pero su conciencia de los demás, su amor, le había dado la fuerza para continuar.
Hoy en día, nos hallamos inmersos en un movimiento planetario hacia el individualismo "psicológico", o el "desarrollo personal". Los grandes valores son autonomía, independencia, libertad y autoexpresión. Estos valores se han tornado tan importantes que los utilizan incluso los publicitarios para hacernos comprar lo mismo que a nuestro vecino, mientras a todos nos hacen creer que eso nos convierte en únicos. "Sea usted mismo", clama la publicidad de ropa o perfume. "Exprese su yo", sugiere el reclamo de una marca de café. "Piense diferente", nos ordena el anuncio de un fabricante de ordenadores. Claro está, estos valores en ascenso imparable desde las revoluciones estadounidense y francesa de finales del siglo XVIII nos han hecho mucho bien. Forman parte del núcleo de la misma noción de "libertad", que tanto nos importa. Pero cuanto más avanzamos en esa dirección, más constatamos que la independencia también tiene un precio. Ese precio es el aislamiento, el sufrimiento y la pérdida de sentido. Nunca habíamos tenido tanta libertad como para separarnos de conyugues que no nos convienen: la tasa de divorcio se acerca al 50% en nuestras sociedades. Liberados de los vínculos, deberes y obligaciones hacia los demás, nunca habíamos tenido tanta libertad para seguir nuestro propio camino, y por ello arriesgarnos a perdernos y hallarnos solos. Esta es sin duda otra de las razones de que las tasas de depresión parezcan haber ido aumentando de manera regular en occidente en el transcurso de los últimos 50 años.
Tenía un amigo médico de 37 años, que había emigrado desde su país natal y que había vivido solo hasta hacía poco. Durante mucho tiempo había buscado ese sentido que le faltaba en la existencia en el psicoanálisis, en múltiples talleres de desarrollo personal, y después en los antidepresivos, habiéndolos probado casi todos. Finalmente, un día me dijo: "en el fondo, el único momento en que dejo de hacerme preguntas existenciales, es cuando mi hijo de dos años me da la mano y andamos juntos, ¡aunque solo sea para ir a comprar el periódico!". Al igual para Guillaumet, el amor de nuestro cónyuge y de nuestros hijos -el que les profesamos- es probablemente la fuente de sentido más evidente de nuestra existencia. Pero la importancia de los demás en nuestro propio equilibrio no se limita a la familia nuclear (término sociológico que designa a los cónyuges y sus hijos). De hecho, cuanto más integrados estamos en una comunidad que nos importa, más tenemos la sensación de tener un papel, un sitio, que cuenta para los demás -para algunos demás-, más fácil nos resulta salir de nuestra sensación de ansiedad, de desesperación, de falta de sentido.
Este sentido que se encuentra en la relación con los demás, no es un dictado de la cultura o de la moral social. Es una necesidad del propio cerebro: en los últimos 30 años, la sociobiología ha demostrado que nuestros propios genes son altruistas. La orientación hacia los demás y la paz interior que obtenemos de ello forman parte de nuestra factoría genética. De repente, no resulta extraño hallar este altruismo en el corazón de todas las grandes tradiciones espirituales. Primero es una experiencia en el cuerpo, una emoción, que ha sido vivida tanto por sabios taoístas e hinduistas, así como por pensadores judaicos, cristianos o musulmanes, y por millones de seres humanos anónimos y a menudo ateos.
En los estudios sobre las personas que son más felices en su vida que los demás, se aprecian sistemáticamente dos factores: gozan de relaciones estables con seres próximos y están implicados en su comunidad. Pero ¿qué ocurre con las relaciones sociales más amplias?
El compromiso con la comunidad es el hecho de ofrecer la propia persona y el propio tiempo a una causa de la que a cambio no tenemos ningún beneficio material. Es una de las actividades más eficaces porque se trata de paliar el sentimiento de vacío que tan a menudo acompaña a los estados depresivos. Y no es necesario arriesgar la vida ni comprometerse con la Resistencia. 
Animar un poco la vida de las personas ancianas de una residencia, trabajar en un refugio para animales, implicarse en la escuela del barrio, o participar en el consistorio, permite sentirse menos aislado y, finalmente, menos ansioso y deprimido.
Los sociólogos estadounidenses han establecido no solo que la gente que participa en actividades comunitarias son más felices, sino que también gozan de mejor salud y viven más que los demás. El placer de la relación con los demás, el sentimiento de estar implicado en el grupo social, es un remedio notable para el cerebro emocional, y por ello para todo el cuerpo. 
Para sobrevivir en un universo frío e indiferente, hay que encontrarle un sentido a la propia existencia, conectarse a alguna cosa. En las situaciones de desesperación es no pedir a la vida lo que ésta puede hacer por nosotros, sino siempre preguntarnos qué podemos nosotros hacer por ella. Puede que simplemente se trate de realizar el propio trabajo con más generosidad, teniendo presente que aporte algo a los demás. También se puede intentar consagrar un poco del propio tiempo, una vez por semana, a una causa, un grupo, o incluso a una persona, o un animal, al que queramos.
Los estudios fisiológicos modernos nos confirman que cuando se mide la coherencia cardíaca por ordenador, se constata que la manera más sencilla y rápida de que el cuerpo entre en coherencia es contar con sentimientos de gratitud y ternura respecto a los demás. Cuando nos sentimos visceral y emocionalmente en relación con quienes nos rodean, nuestra fisiología entra de forma espontánea en coherencia. De manera simultánea, cuando ayudamos a nuestra fisiología a entrar en coherencia, estamos abriendo la puerta a nuevas formas de aprehender el mundo a nuestro alrededor. Es el círculo virtuoso que evoca Maslow. El portal hacia la autorrealización.


¿Por dónde empezar?


De pie en el Pont-Neuf, observo junto a mi amigo Pierre el discurrir del Sena entre las piedras blancas. En la ribera, en pleno centro de París, un hombre pesca acompañado de su hijo. El chiquillo acaba de atrapar un pez y pone los ojos como platos a causa de la alegría. Pierre, mi amigo, me contó que, cuando su padre era joven se bañaba con su abuelo en ese mismo río, incluso en invierno. Posteriormente cuando Pierre era joven ese mismo río estaba tan contaminado que no solamente nadie podía bañarse sino que incluso habían desaparecido los peces. Treinta años más tarde los peces habían regresado. Bastaba con dejar de contaminarlo para que el río se purificara por sí mismo. Los ríos son seres vivos. Tienden, como nosotros, al equilibrio, a la homeostasis tan querida de Claude Bernard; de hecho, a la autocuración. Dejados en paz, cuando no se los envenena más, se limpian, se purifican. 
Al igual que todos los seres vivos, mantienen intercambios permanentes con su entorno: el aire, la lluvia, la tierra, los árboles, las algas, los peces y los hombres. Y este intercambio vivo crea, en primer lugar, orden, antes que organización y, a fin de cuentas, antes que pureza. Solo las masas de agua que nunca cambian, que se estancan, se tornan salobres. Se deslizan hacia el caos. La muerte se opone a la vida: deja de haber intercambio con el exterior, y la reconstrucción permanente del orden, del equilibrio, que caracteriza la vida, deja paso a la descomposición. Pero, mientras las fuerzas de la naturaleza permanezcan en guardia, siempre tienden al equilibrio, hacia la coherencia e incluso, de cierta manera, hacia la pureza. Aristóteles pensaba que toda forma de vida encubría en ella una fuerza que llamaba entelequia, o autorrealización. El grano o el huevo contienen en ellos la fuerza que le hará convertirse en un organismo de una complejidad infinitamente superior, se trate de una flor, un árbol, una gallina o un ser humano. Este proceso de autorrealización no es únicamente físico, sino que se prolonga, en el ser humano, mediante el desarrollo de la sabiduría. Karl Jung estaba fascinado por el "proceso de individuación", que empuja al ser humano siempre hacia más madurez y serenidad. Abraham Maslow lo denominó la "actualización del yo". Para ellos, los mecanismos de autocuración y autorrealización constituyen el fundamento de la propia existencia. 
Los métodos de tratamiento que he expuesto anteriormente intentan reforzar estos mecanismos de autorrealización que caracterizan a todos los organismos vivos, desde la célula al ecosistema, pasando por el ser humano. Y es justamente el utilizar las fuerzas naturales del cuerpo, al contribuir a la armonía, el equilibrio y la coherencia de las fuerzas del organismo, lo que convierte esos métodos en eficaces, a la vez que carecen casi totalmente de efectos secundarios. Como todos apoyan, cada uno a su manera, el esfuerzo del cuerpo y del cerebro en pos de la armonía, estos diferentes enfoques poseen una fuerte sinergia: no es necesario elegir uno con exclusión de los demás. Todos se refuerzan entre sí. De hecho, todos tienen en común la capacidad de aumentar la actividad del sistema parasimpático, que calma y cura el cuerpo y el espíritu en profundidad.
En la década de 1940 la medicina quedó transformada con el advenimiento de los antibióticos. Por primera vez, enfermedades hasta entonces mortales pudieron ser vencidas a través de un tratamiento específico. La neumonía, la sífilis, la gangrena han retrocedido ante sencillos medicamentos. Su eficacia era tal que todo lo que había sido esencial para la práctica de la medicina se puso en cuestión: por poco que el enfermo se tomase las pastillas, éstas le curarían tanto si el médico le hablaba como si no, aunque se alimentase fatal, e incluso si permaneciera totalmente pasivo e indiferente a su tratamiento. Este fantástico éxito dio paso en occidente al nacimiento de una nueva forma de practicar la medicina, desconocida hasta entonces: un enfoque del enfermo que deja de tener en cuenta su historial, su contexto, su fuerza vital interior y su capacidad de autocuración. Este enfoque puramente mecánico del enfermo y de la enfermedad se ha generalizado en toda la medicina, más allá de las enfermedades infecciosas. Hoy en día, casi toda la enseñanza médica consiste en aprender a diagnosticar una enfermedad específica y a asociarle un tratamiento específico. Es un enfoque que funciona notablemente bien con enfermedades agudas: una apendisectomía para una apendicitis, penicilina para la neumonía, cortisona para una alergia... Pero que demuestra rápidamente sus límites en cuanto se trata de enfermedades crónicas, de las que solo cura las crisis y los síntomas. Aunque sabemos tratar muy bien un infarto de miocardio y salvar la vida del enfermo con oxígeno, trinitrina y morfina, ese tratamiento no ha hecho nada para hacer retroceder la enfermedad subyacente que ha obstruido las arterias coronarias del corazón. Hasta el momento, son sobre todo los cambios profundos en el modo de vida del enfermo los que pueden hacer retroceder esta enfermedad crónica de las arterias: control del estrés, control de la alimentación, ejercicios y demás. 
Lo mismo vale para la ansiedad y la depresión, enfermedades crónicas por excelencia. Resulta ilusorio creer que una sola intervención, o incluso una sola modalidad de intervención, puede reequilibrar sistemáticamente las complejas relaciones que, juntas, mantienen un estado de enfermedad crónica desde hace años. Sobre esta cuestión están de acuerdo todos los médicos y teóricos de las enfermedades crónicas. Incluso los psicoanalistas más obstinados, de un lado, y los psiquiatras biológicos, del otro, se ven obligados a reconocer una cosa: el mejor tratamiento que la medicina convencional puede ofrecer para una depresión crónica combina la psicoterapia y el tratamiento mediante un medicamento.
Como cuando se trata de permitir que un río recupere su pureza con la mayor rapidez posible, para tratar una enfermedad crónica, hay que poner en marcha un programa que ataque simultáneamente el problema desde varios ángulos y reforzar los distintos mecanismos de autocuración, también es necesario crear una sinergia más fuerte entre las diversas intervenciones, que supere al propio impulso de la enfermedad.
Hemos revisado numerosas herramientas para acceder a lo más profundo del ser emocional y para restaurar la coherencia. Entonces, ¿por dónde empezar concretamente? 
Lo primero que hay que hacer es aprender a controlar el ser interior. Cada uno desarrolla a lo largo de su vida, métodos de autoconsuelo para manejar los tragos difíciles. Por desgracia, por lo general se trata del tabaco, el chocolate, la nata, la cerveza o el whisky, o el anestésico televisivo. Estas son, de lejos, las formas más corrientes de consolarse ante los golpes de la vida. De entrar en relación con la medicina convencional, esas toxinas cotidianas podrían haber podido ser superadas con un tranquilizante (como el Valium), o mediante un antidepresivo. En la década de 1960, casi todas las revistas médicas estadounidenses estaban llenas de publicidad de Librium, el antecesor del Valium. Se anunciaba orgullosamente: "Librium. ¡Sea cual sea su problema!". Los franceses siguen siendo los mayores consumidores de tranquilizantes del mundo... Si, en lugar de un médico, que nos ofrece consejo es un grupo de alumnos de instituto, de estudiantes o de amigos un tanto perdidos, los propios tranquilizantes habrían sido substituidos por métodos de autoconsuelo más drásticos, como la cocaína o la heroína. 
Así pues, resulta esencial sustituir esos métodos poco eficaces -y a menudo tóxicos- por técnicas que utilicen las capacidades de autocuración del cerebro emocional y que permitan restablecer la armonía entre la cognición, las emociones y un sentimiento de confianza en la existencia.
A continuación, es necesario identificar los acontecimientos dolorosos del pasado que continúen evocando emociones difíciles en el presente. Lo más corriente suele ser que los pacientes sean los primeros en subestimar la importancia de los accesos emocionales que todavía llevan en ellos y que condicionan su enfoque de la vida, reavivando a cada momento el dolor, o limitando el placer. La mayoría de los médicos tradicionales tienen tendencia a no prestar atención, o bien no saben cómo ayudar a sus pacientes a liberarse de ellos.
Siempre hay que realizar inventario de los conflictos crónicos en las relaciones afectivas más importantes: tanto en la vida personal -padres, hijos, esposos, hermanos y hermanas-, como en lo laboral -jefe, compañeros, empleado-; en ambas. Estas relaciones condicionan nuestro ecosistema emocional. Saneadas, nos permiten recuperar nuestro equilibrio interior. Si contaminan continuamente el fluir de nuestro cerebro emocional, acaban por bloquear sus mecanismos de autocuración. A veces, el simple hecho de resolver las consecuencias de traumatismos del pasado permite que las relaciones afectivas tomen nuevo impulso. Liberado de espectros que no desempeñan ningún papel en el presente, cada uno puede entonces inventar una manera totalmente nueva de entablar relación con los demás. Aprender a controlar la propia coherencia cardíaca también permite manejar mejor las relaciones afectivas. La comunicación emocional no violenta es asimismo un método directo de notable eficacia para armonizar las relaciones afectivas y recuperar el propio equilibrio. Todos deberíamos entrenarnos de manera continua para alcanzar una mejor comunicación emocional. Si la formación en estos métodos por parte de un terapeuta informado no basta, habría que iniciar el proceso más complejo de la terapia de pareja o familiar. 
Casi todo el mundo se beneficiará de una modificación de su alimentación que permita recuperar un equilibrio adecuado entre los ácidos grasos omega-3 y omega-6 proporcionándole al cuerpo y al cerebro la materia prima ideal para reforzarlos.
Así pues, cada uno debería tratar, como mínimo, de reequilibrar su dieta diaria, favoreciendo el pescado -intentar tomar ácidos grasos omega-3 en suplementos alimenticios- y disminuir el aporte de omega-6 en la alimentación. Iniciar un programa de ejercicios físicos también es una opción abierta a cada uno, y que no necesita de prácticamente ninguna inversión si se trata de los 20 minutos necesarios 3 veces por semana. Asimismo deberíamos preguntarnos si podríamos cambiar, sin demasiado esfuerzo, nuestra manera de despertarnos por la mañana. Pues para empezar a regular el reloj biológico, basta con sustituir el despertador por una lámpara programada para simular la aparición del amanecer; el esfuerzo es mínimo, y los beneficios potenciales muy importantes. La acupuntura, por otra parte, representa una inversión de tiempo y dinero más importante. Se la recomiendo sobre todo a quienes padecen problemas físicos -sobre todo de dolor- además de su sufrimiento emocional. En esta situación, las agujas chinas permiten por lo general tratar ambos problemas al mismo tiempo (es difícil de aliviar la depresión de alguien que sufre continuamente en el cuerpo...) 
Y finalmente, para lograr la verdadera paz interior, suele ser esencial para todos hallar un sentido más profundo al papel que desempeñamos en nuestra comunidad, más allá de nuestra familia inmediata. Quienes cuentan con la posibilidad de descubrir tal fuente de sentido se sienten en general propulsados más allá de un simple retorno al bienestar: tienen la sensación de extraer su energía de aquello que da un sentido a la propia vida.
Flotamos en la existencia al azar, chocamos con desconocidos que están tan desorientados como nosotros, nos comprometemos a través de elecciones arbitrarias en caminos que determinarán todo el devenir de nuestra vida, y acabamos muriendo sin haber tenido tiempo para comprender lo que deberíamos haber hecho... Si contamos con la oportunidad, podemos mantener una cierta integridad permaneciendo, como mínimo, plenamente conscientes de todo este absurdo. Esta conciencia del absurdo existencial de nuestra situación es nuestra única superioridad con respecto a los animales. Camus tenía razón. No se puede esperar nada más. 
Pues nuestro cerebro, fruto de millones de años de evolución, está precisamente hambriento de estos tres aspectos de la vida: los movimientos de nuestros cuerpos que son las emociones, las relaciones afectivas y armoniosas con quienes queremos, y el sentimiento de ocupar nuestro sitio en una comunidad. Como ha explicado brillantemente Damasio, lo que proporciona una dirección, un sentido a nuestra existencia son precisamente las oleadas de sensaciones que fluyen desde esas fuentes de vida para animar nuestro cuerpo y nuestras neuronas emocionales. Y es cultivando cada una de ellas como podremos sanar.

¡¡¡SE PUEDE!!!

sábado, 16 de mayo de 2015

La comunicación emocional


Yo soy importante...
y tú también.
La auténtica autoestima se manifiesta
y se refuerza con la conducta asertiva.

La terrible tía Ester 

En Córdoba tuve un amigo maravilloso cuya situación familiar era casi una parábola. Eran cerca de treinta primas y primos, y uno de los temas de conversación favoritos en las grandes reuniones familiares era su tía Ester. Ésta tenía 85 años y continuaba inspirando un cierto terror -ahora mezcla de piedad- tanto entre sus hermanas como entre todos sus primos. Siempre había tenido mal genio y había sido difícil, pero contaba con una inteligencia viva y hacía 20 años que había heredado una considerable fortuna a la muerte de su marido. Gracias a esas dos cualidades, conseguía imponerse en todos los asuntos familiares. No dejaba de telefonear a todo el mundo para enterarse de cómo les iba, o pedir un servicio, insistiendo en que se la llevase aquí o allá, quejándose constantemente de que no se la visitaba a menudo y, siempre que quería, se auto invitaba a cenar o incluso a pasar el fin de semana. Era evidente que Ester tenía necesidad de afecto y reconocimiento, pero su estilo agresivo ponía en fuga a todos los que ella hubiera querido tener cerca. Los primos se dividían en tres categorías con respecto a las relaciones con la tía Ester. Los más numerosos eran los que nunca decían "no" directamente a la tía Ester. Siempre buscaban una excusa para evitarla y, cuando se sentían arrinconados por sus insistencias y argumentos, acababan por decir "si" a su pesar para evitar sus interminables llamadas y sus recriminaciones. Este grupo nunca la llamaban ni iban a su casa. A espaldas de ella se burlaban e, incluso, intentaban sacarle dinero, como si su personalidad imposible y los esfuerzos que debían hacer por ella a su pesar les diesen derecho. A este tipo de comportamiento se le denomina "pasivo" o "pasivo-agresivo": es la reacción humana más corriente frente a una persona en posición de autoridad que desagrada. Pero también, curiosamente, en las familias y en el trabajo. Es el comportamiento que adoptamos cuando sobretodo queremos evitar conflictos. Es el comportamiento que se ve entre las personas que se describen como: "seres sensibles", "respetuosos con los demás", etc.
Los primos del segundo grupo eran menos numerosos. Eran los que no trataban directamente con ella, a causa de la acumulación de años de irritación sin expresarla. Al menos una vez la trataron muy mal y la irritaron con sus palabras. Es lo que se denomina un comportamiento "agresivo". Es menos frecuente que el primero y más típicamente masculino. Pero tampoco contribuye más a resolver los problemas y se suele saldar con pérdidas materiales (divorcios,  despidos, etc.). Además, este tipo de comportamiento es un factor de hipertensión y de enfermedades cardiovasculares. 
Y, por fin, en el tercer grupo estaba mi amigo Chily, que reconocía perfectamente los defectos de Ester. Pero no solo la veía de manera regular, sino que daba la impresión de que no le molestaba. Incluso sentía auténtico afecto por ella, que era recíproco. Siempre le hacía los favores que necesitaba, y ella lo ayudaba en todo lo que podía. Yo admiraba de Chily el dominio del que hacía gala en sus relaciones con colaboradores y compañeros, así como su manera de manejar los inevitables momentos de tensión. 
Me costó largo tiempo comprender lo que le distinguía de los demás, y que sin duda le había permitido mantener relaciones de calidad con alguien tan difícil como su tía Ester. Chily era un consumado maestro de la tercera manera de comportamiento, la que no es pasiva ni agresiva. Había descubierto por sí mismo la comunicación emocional no violenta, que a veces se denomina "comunicación asertiva", la única que permite dar y recibir a cambio lo que es necesario, respetando siempre los limites propios y las necesidades del otro.
Una noche pude ver como manejaba la situación con su tía. Después de reiteradas llamadas de Ester a Chily, diciéndole prácticamente lo mismo Chily actuó de la siguiente forma: primero respiró hondo, y después pasó al ataque "Ester, ya sabes la ilusión que me hace este viaje que vamos a hacer juntos y lo agradecido que estoy por todo lo que has hecho por mí". Era cierto, y yo sentía que no tenía que forzarse para reconocerlo. No sé qué contestó Ester, pero de repente tuve la impresión de que había bajado la tensión al otro lado de la línea. Después continuó: "pero cuando me llamas tres veces seguidas para decirme lo mismo, cuando resulta que acabamos de hables hace una hora y ya estuvimos de acuerdo, me siento frustrado. Necesito sentir que formamos un equipo y que respetas mis necesidades igual que yo respeto las tuyas. ¿Podemos ponernos de acuerdo en que no volveremos a hablar de cosas que ya hemos decidido?". Luego de esto, estaba perfectamente sereno. Más tarde descubrí la lógica y la mecánica perfectamente engrasada que se ocultaban tras la fuerza tranquila de mi amigo Chily.
No hay nada que afecte tanto a nuestro cerebro emocional y a nuestra fisiología como cuando nos sentimos emocionalmente alejados de aquellos con los que estamos más apegados: nuestra pareja, nuestros hijos, nuestros padres. 



El apocalipsis de la comunicación

Aquí destacaremos cuatro "jinetes".
El primer jinete es la crítica. Criticar al otro en lugar de presentarle simplemente una queja o una petición. Por ejemplo: "llegas tarde. No piensas más que en ti" (crítica). "Son las nueve. Dijiste que estarías aquí a las ocho. Es la segunda vez en esta semana. Me siento solo y me molesta cuando tengo que esperarte solo" (queja). Mi amigo Chily ofrece una receta impagable para transformar una queja legítima, que cuenta con todas las probabilidades de ser comprendida, en una crítica que no desencadenará más que resentimiento, mala voluntad o un contrataque virulento: basta con añadir al final: "¿cuál es tu problema?".
Lo que estas observaciones tienen de sorprendentes es ¡Hasta qué punto parecen ser normales! Todos sabemos exactamente cómo no nos gusta ser tratados. Por el contrario, nos resulta más difícil precisar cómo nos gustaría serlo. Aunque podamos sentirnos inmediatamente agradecidos a alguien que se dirija a nosotros de una manera emocionalmente inteligente. 
El segundo jinete, el más violento y peligroso para nuestro equilibrio límbico, es el menosprecio. El menos precio se manifiesta efectivamente a través de insultos, de los más suaves -algunos dirán hipócritas- tipo: "su comportamiento es inapropiado", a los más clásicos y violentos como: "hija mía, eres una idiota", "pobre tipo", "eres ridículo". El sarcasmo también puede hacer mucho daño, puede resultar gracioso en el cine, pero no lo es en la vida cotidiana. Precisamente son esos sarcasmos los que más utilizamos, a veces incluso con placer.
El tercer y cuarto jinetes son el contraataque y la retirada total. Cuando se es atacado, el cerebro emocional ofrece dos soluciones: lucha o huida. Ambas están grabadas en nuestros genes a través de millones de años de evolución. Y son efectivamente las dos opciones más eficaces para un insecto o un reptil... Ahora bien, sea cual fuere el conflicto, el problema del contraataque es que no conoce más que dos opciones. En el peor de los casos, conduce directamente a una escalada de la violencia: herida a causa de mi contraataque, la otra parte reacciona con violencia.  En el mejor de los casos, el contraataque "tiene éxito", y el otro queda vencido por nuestro verbo o -como a veces se permiten los padres con los hijos, y los hombres con las mujeres- ¡con un bofetón! La ley del más fuerte se ha impuesto, satisfaciendo al reptil que hay en nosotros. Pero esta victoria deja forzosamente al vencido herido y lastimado. Y esta herida no hace más que profundizar la sima emocional y agravar la dificultad de vivir juntos. Jamás un contraataque violento ha dado al otro deseos de deshacerse en sinceras excusas y de abrazarnos...
La otra opción, la retirada total, es una especialidad masculina que tiene el don de exasperar especialmente a las mujeres. Suele prefigurar la última fase de la desintegración de una relación, se trate de un matrimonio o de una colaboración profesional. 
Tras semanas o meses de críticas, de ataques y contraataques, uno de los protagonistas acaba por abandonar el campo de batalla, en todo caso emocionalmente. Cuando el otro busca el contacto, quiere habla, el primero se enfada, se mira los pies o se oculta detrás del periódico, a la espera de que todo pase. El otro exasperado por esta actitud que pretende ignorarlo por completo, habla cada vez más alto y acaba incluso gritando. Es la etapa de los platos volantes, o cuando es la mujer la que se ha transformado en "pared de ladrillos", de los golpes a los que se arriesga. La violencia física a veces es una tentativa desesperada de reanudar el vínculo con el otro, de hacer que comprenda que vivimos emocionalmente, que sienta nuestro dolor. Por supuesto, nunca vale la pena.



Decirlo todo sin violencia

¿Pero cuáles son los principios de la comunicación eficaz, la que consigue hacer llegar el mensaje sin alienar a su destinatario, y que, por el contrario, inspira respeto y le dan ganas de ayudarnos?
El primer principio de la comunicación no violenta es sustituir todo juicio -es decir, toda crítica- por una observación objetiva. Cuanto más preciso y objetivo más posibilidades existen de que lo que decimos sea interpretado por el otro como una tentativa legítima de comunicación en lugar de una crítica potencial. Por ejemplo, en lugar de decir: "ha dado muestra de su incompetencia", o incluso: "este informe no es bueno" -lo cual pone a nuestro interlocutor a la defensiva-, es preferible ser objetivo y preciso: "en este informe hay tres ideas que me parecen que no acaban de comunicar nuestro mensaje".
El segundo principio es evitar todo juicio respecto del otro para concentrarse totalmente en lo que se siente. Esa es la clave absoluta de la comunicación emocional. Si hablo de lo que siento, nadie puede discutírmelo. Si digo: "llegas tarde, eres tan egoísta como siempre...", el otro no puede más que contestar a lo que digo. Por el contrario, si digo: "habíamos quedado a las ocho y son las ocho y media. Es la segunda vez en un mes; Cuando haces eso me siento frustrado e, incluso, humillado", la otra persona no podrá poner en cuestión mis sentimientos, ¡porque me pertenecen por completo! Todo el esfuerzo consiste en describir la situación con frases que empiecen por "yo" en lugar de por "tu" o "vosotros". Al hablar de mí, no estoy criticando a mi interlocutor, no le ataco, sino que estoy en la emoción y, por tanto, en la autenticidad y la apertura. Si soy honrado conmigo mismo, llegaré incluso a mostrarme vulnerable, para mostrarle el daño que me ha hecho. Vulnerable porque le habré desvelado una de mis debilidades. Pero, por lo general, es este cando el que desarmará al adversario y le dará ganas de cooperar, en la medida en que él también desee conservar nuestra relación. Eso es exactamente lo que hacía Chily con su tía Ester.



El plano de seis puntos

"O.L.A. - C.E.E" Estas iniciales resumen los seis puntos claves de un enfoque no violento que proporciona las mejores opciones para obtener lo que se desea.
O de ORIGEN. Primero hay que asegurarse de que uno se dirige bien a la persona que es el origen del problema y que cuenta con los medios para resolverlo. Si un compañero de trabajo me hace un comentario desagradable ante todo el equipo con motivo de mi trabajado, no servirá absolutamente de nada quejarme ante el resto de mis compañeros, aunque eso sea de lo que tenga más ganas. Lo mejor que podría pasar en esos casos es que mi ofensor no oiga hablar nunca más del tema; y en el peor de los casos le dirán lo que yo comenté (con las deformaciones y exageraciones de rigor) y quedaré como un cobarde. Para ganarme su respeto y cambiar su comportamiento deberé hablar con ese compañero. Y yo soy la única persona que puede hacerlo. Resulta mucho más difícil, seguro, y además no tengo ganas de hacerlo, pero es el único medio eficaz. Hay que dirigirse al origen del problema.
L de LUGAR Y MOMENTO. Siempre hay que intentar que la discusión se lleve a cabo en un lugar protegido y privado, y en un momento propicio. No suele ser buena idea enfrentarse a nuestro agresor en público. Tampoco hay que iniciar esta conversación de inmediato, en caliente, ni cuando se está en una situación estresante.
A de APROXIMACIÓN AMISTOSA. Para hacerse entender, primero hay que asegurarse de que nos vamos a escuchar. Si uno de los protagonistas se siente agredido, tiene tendencia a ahogarse en sus emociones incluso antes de iniciar la conversación. Hay que intentar que el interlocutor esté cómodo desde las primeras palabras; hay que abrirle los oídos en lugar de cerrárselos. ¿Saben cuál es la palabra más agradable para entablar una conversación? ¡El nombre de la persona a la que nos dirigimos! Los psicólogos lo denominamos el "fenómeno del coctel": nos encontramos en un coctel con todo el mundo hablando a nuestro alrededor y, no obstante estamos concentrados en la conversación que hemos iniciado con nuestro interlocutor. Los diálogos que transcurren a nuestro alrededor son filtrados y eliminados por la atención. Y hete aquí que, de repente, en otro grupo alguien pronuncia nuestro nombre. En cuanto lo oímos giramos la cabeza. Nuestro nombre: esa palabra, más que cualquier otra, está como hecha a propósito para atraer nuestra atención. Somos más receptivos a nuestro nombre que a cualquier otra palabra. Sea lo que fuere lo que tenemos que decirle a nuestro ofensor, hay que empezar a llamarle por su nombre, para a continuación hacer algún comentario amable, a condición de que sea cierto. Eso no siempre resulta fácil. Las primeras veces nos raspará un poco la lengua, pero no obstante, valdrá la pena. Se nos abrirá la puerta de la comunicación.
C de COMPORTAMIENTO OBJJETIVO. A continuación hay que entrar en el tema: levantar acta del comportamiento que motiva nuestra queja, limitándonos a una descripción de lo sucedido y nada más, sin la menor alusión a un juicio moral.
E de EMOCIÓN. La descripción de los hechos debe ir inmediatamente seguida de la emoción que se ha sentido. Ahí no se puede caer en la trampa de hablar de la propia cólera, que a menudo es la emoción más manifiesta. Pues la cólera ya es una emoción dirigida hacia el otro, no la expresión de una herida íntima. Resulta más intenso y eficaz hablar de uno mismo: "me sentí herida" o "me ha resultado humillante".
E de ESPERANZA FRUSTRADA. Uno podría aferrarse a la expresión de una emoción pero todavía resulta más beneficioso continuar mencionando una esperanza frustrada o la necesidad que se siente y no ha sido satisfecha. Por ejemplo, si se trata de nuestro conyugue, que nos ha ignorado olímpicamente en el transcurso de una cena mundana: "necesito sentirme en contacto contigo, sentir que te importo, incluso cuando estamos con amigos". El problema, pues, es simple. En una situación de conflicto solo existen tres maneras de reaccionar: la pasividad (o la pasividad-agresividad), la reacción más corriente y menos satisfactoria; la agresividad, no mucho más eficaz y bastante más peligrosa; o bien la "asertividad", es decir, la comunicación emocional no violenta.
Por fortuna, no todas las relaciones son conflictivas. El otro aspecto de la comunicación, generalmente descuidado, aunque es igualmente importante, es saber aprovechar las ocasiones de profundizar nuestra relación con los demás. Una de las maneras más simples de conseguirlo es saber estar totalmente presente cuando él o ella sufren y tiene necesidad de nuestra ayuda. También en esa situación resulta importante conocer las palabras que permiten comunicar la corriente emocional entre ambos cerebros de manera eficaz, sin que eso requiera demasiado tiempo. Para ello existo otra técnica. Es más fácil de utilizar; sin duda porque conlleva menos riesgos para nosotros.
¡A ponerlo en práctica amigos!


Tres tipos de comunicación



miércoles, 29 de abril de 2015

El amor es una necesidad biológica

"Quienes tienen dominio sobre la palabra adecuada
no ofenden a nadie. Y no obstante, dicen la verdad.
Sus palabras son claras pero nunca violentas...
Nunca se dejan humillar, y nunca humillan a nadie"

EL BUDA

El desafío emocional
La madre de María le devuelve el boletín de las notas escolares: "eres una nulidad. Nunca llegarás a nada. Suerte que tengo a tu hermana." La esposa de Juan rompe un plato contra el borde del fregadero: "¡Me vas a escuchar de una vez! ¡Estoy harta de tener que gritar! ¿Cómo puedes ser tan egoísta?". Pocos días después de ser contratado, Eduardo se informa en un departamento de su nueva empresa que no es el suyo. Un compañero de trabajo desconocido se le acerca y le dice: "No sé quien eres, pero aquí no tienes nada que hacer. Es mi territorio, ¡así que esfúmate!". Por tercera vez en la misma semana, los vecinos de Sofía están de fiesta hasta las tres de la madrugada. A la mañana siguiente, saca la basura a las siete haciendo todo el ruido posible: "Así aprenderán...", murmura por lo bajo.
Nada hace rechinar más los dientes de nuestro cerebro emocional que los conflictos con quienes forman parte de nuestro entorno directo. Tanto si se quiere como si no, los conflictos con nuestros vecinos -que después de todo, no son más que "extraños"- pueden afectarnos tanto como un rechinar de uñas sobre una pizarra.
Por el contrario, se nos deshace el corazón ante el espectáculo de un niño sonriente que toma de la mano a su padre para decirle, mirándole a los ojos: "Te quiero, papá". O ante la anciana en su lecho de muerte que mira a su marido y le confía: "he sido muy feliz contigo. No me arrepiento de nada. Puedo marcharme en paz. Y cuando sientas el viento sobre tu rostro, acuérdate que soy yo, que te estoy abrazando".
Tanto en un caso como en el otro reaccionamos ante la relación afectiva entre seres humanos. Cuando las personas se violentan emocionalmente sufrimos, incluso cuando no somos más que simples testigos. Cuando explican lo que sienten ("te quiero", "he sido feliz", "tenía miedo") y utilizan esa sensación para aproximarse, para tocarse el corazón, nos conmovemos. Los realizadores cinematográficos y los publicitarios cuentan con una intuición perfecta sobre qué nos hace reaccionar en ese sentido. Siempre se intenta que compremos café, por ejemplo, sugiriéndonos que su aroma acerca a los amigos, las parejas o a una madre y a su hija. Hasta tal extremo que incluso los deprimidos declaran haber vertido lágrimas durante los intermedios publicitarios de la televisión. Por lo general no saben por qué. Pero es porque acaban de ser testigos de una escena de afecto entre dos seres, y precisamente ese sentimiento de conexión, de intimidad, es lo que más les falta.
En los últimos 30 años, la tasa de depresión no ha cesado de aumentar en las sociedades occidentales. En el curso de los últimos 10 años, el consumo de antidepresivos se ha doblado en la mayoría de los países occidentales avanzados. Estos datos son tan crudos que la mayoría de nosotros y de nuestras instituciones prefieren no pensar en ello. Seguimos negandolo felizmente y hacemos buenas provisiones de Prozac. Nos decimos a nosotros mismos que algún día todo esto se solucionará. Pero las cosas siguen sin solucionarse. Están empeorando. Si alguien me preguntara donde comenzar para invertir esta tendencia, respondería que debemos confrontar la violencia en las relaciones cotidianas, en las parejas, con nuestros hijos, con nuestros vecinos, en el lugar de trabajo. Debemos volvernos más respetuosos con las necesidades de armonía y comunicación de nuestro cerebro emocional. No hay modo de evitar lo que la evolución nos lleva a querer y a sentir en las relaciones.

La psicología del afecto
Hay toda una parte del cerebro emocional que distingue a los mamíferos de los reptiles. Desde el punto de vista de la evolución, la diferencia esencial radica en que los mamíferos echan al mundo una descendencia vulnerable e incapaz de sobrevivir durante algunos días, semanas o años sin la atención constante de los padres. El caso extremo es la especie humana, cuyos bebés son los más inmaduros y necesitan la inversión parental más larga. La evolución a cableado en nuestro cerebro el instinto que nos hace responder a sus necesidades: alimentarlos, darles calor, acariciarlos, protegerlos, enseñarles como recolectar, cazar, defenderse. Este acoplamiento, construido a fin de asegurar la relación indispensable para la supervivencia de la especie -y sobre todo robusta y eficaz- conforma la base de nuestra profunda capacidad para formar vínculos sociales, para relacionarnos con los demás: familia, horda, tribu, etc.
El cerebro emocional está, pues, construido para emitir y recibir mediante el canal del afecto. Este tipo de comunicación desempeña un papel esencial en la supervivencia del organismo, y no solamente en lo que concierne a la alimentación y el calor. El contacto emocional es, para los mamíferos, una auténtica necesidad biológica, como los alimentos y el oxígeno. Algo que la ciencia ha redescubierto sin saberlo. 

Decirlo todo sin violencia
Se ha conseguido comprender con cierto nivel de detalle sin precedentes lo que ocurre en la cabeza y en el corazón de las personas en conflicto. Y como van derechos a estrellarse de cabeza. Naturalmente, existen todas las razones para creer que se trata de los mismos reflejos, los mismos errores, que minan el control de los conflictos conyugales, con nuestros hijos, padres, familia política y sobretodo con nuestros superiores y nuestros compañeros de oficina. ¿Pero cuales son los principios de la comunicación eficaz, la que consigue hacer llegar el mensaje sin alienar a su destinatario, y que, por el contrario, inspira respeto y le da ganas de ayudarnos? 
El primer principio de la comunicación no violenta es sustituir todo juicio -es decir, toda crítica- por una observación objetiva. Cuanto más preciso y objetivo, más posibilidades existen de que lo que decimos sea interpretado por el otro como una tentativa legítima de comunicación en lugar de una crítica potencial.
El segundo principio es evitar todo juicio respecto del otro para concentrarse totalmente en lo que se siente. Esta es la clave absoluta de la comunicación emocional. Si hablo de lo que siento, nadie puede discutírmelo. Si digo: "llegas tarde, eres tan egoísta como siempre...", el otro no puede más que contestar a lo que digo. Por el contrario, si digo: "habíamos quedado a las ocho y son las ocho y media. Es la segunda vez en un mes; cuando haces eso me siento frustrado e, incluso, humillado", la otra persona no podrá poner en cuestión mis sentimiento, ¡porque me pertenecen por completo! Todo el esfuerzo consiste en describir la situación con frases que empiecen por "yo" en lugar de por "tu" o por "vosotros". Al hablar de mí, y solamente de mí, no estoy criticando a mi interlocutor, no le ataco, sino que estoy en la emoción y, por tanto, en la autenticidad y la apertura. Si soy honrado conmigo mismo, llegaré incluso a mostrarme vulnerable, para mostrarle el daño que me ha hecho. Pero, por lo general, es justamente este candor el que desarmará al adversario y le dará ganas de cooperar, en la medida en que el también desee conservar nuestra relación.


lunes, 6 de abril de 2015

El difícil matrimonio de dos cerebros

"Debemos intentar no convertir al intelecto en nuestro dios;
Es cierto que cuenta con fuertes músculos,
pero carece de personalidad.
No puede dar órdenes; solo servir."
Albert Einstein

Los dos cerebros: cognitivo y emocional
La vida no tiene sentido sin emociones ¿Cual es la sal de la existencia sino el amor, la belleza, la justicia, la verdad, la dignidad, el honor y las gratificaciones que nos aportan? Estos sentimientos y las emociones que los acompañan, son como brújulas que nos guían a cada paso. Siempre intentamos avanzar hacia más amor, más belleza, más justicia y alejarnos de sus contrarios. Privados de las emociones, perdemos nuestras referencias más básicas y somos incapaces de elegir en función de lo que nos importa de verdad.
Algunas enfermedades mentales se traducen en una pérdida de contacto de este tipo. Los pacientes que la sufren podría decirse que se hallan exiliados en una "tierra de nadie" emocional. Por ejemplo, un joven apareció en el servicio de urgencias del hospital oyendo voces que le decían que era ridículo, inútil y que lo mejor que podía hacer era morirse. Poco a poco, las voces se habían convertido en omnipresentes, y su comportamiento se fue volviendo cada vez más extraño. Había dejado de lavarse, se negaba a comer, y podía permanecer enclaustrado en su habitación varios días seguidos. Este joven, anteriormente, había sido un brillante estudiante y capaz de resolver situaciones satisfactoriamente.
Bajo el efecto de los medicamentos, se calmó bastante. Las voces prácticamente desaparecieron en pocos días; decía que ahora podía "controlarlas". Pero no había recuperado su comportamiento normal ni mucho menos.
Al cabo de algunas semanas de tratamiento el joven perdió interés por todo. Tenía un aspecto penoso, ligeramente encorvado, el rostro endurecido, y con la mirada vacía, recorría el pasillo del servicio como un zombie. Él, que había sido tan brillante, ya casi no reaccionaba a las noticias del mundo exterior ni a la gente. Este estado de apatía emocional suele inspirar piedad e inquietud. Y, sin embargo, sus alucinaciones y delirios -que los medicamentos habían eliminado- resultaban mucho más peligrosos para él que estos efectos secundarios. Solo que ahora no había emociones, ni vida.


Por otro lado, las emociones, libradas a sí mismas, no convierten la vida en algo ideal. Deben ser reguladas mediante el análisis racional, del que se encarga el cerebro cognitivo, pues toda decisión tomada "en caliente" puede poner en peligro el complejo equilibrio de nuestras relaciones con los demás. Sin concentración, reflexión y planificación, los vaivenes del placer y las frustraciones nos hacen zozobrar. Si somos incapaces de controlar nuestra existencia, ésta pierde rápidamente su sentido.


Para Damasio, la vida psíquica es el resultado de un esfuerzo permanente de simbiosis entre dos cerebros. Por un lado, un cerebro cognitivo, consciente, racional y volcado en el mundo externo. Por otro, un cerebro emocional, inconsciente, preocupado sobretodo por sobrevivir y, ante todo, conectado al cuerpo. Estos dos cerebros son relativamente independientes entre sí, y cada uno de ellos contribuye de manera muy distinta a nuestra experiencia de la vida y a nuestro comportamiento.

Los dos cerebros, emocional y cognitivo, perciben la información proveniente del mudo exterior más o menos a la vez. A partir de ahí, pueden bien cooperar o disputarse el control del pensamiento, de las emociones y del comportamiento. El resultado de esta interacción -cooperación o competición- es lo que determina lo que sentimos, nuestra relación con el mundo y con los demás. Las diversas formas de competición nos hacen desgraciados. Por el contrario, cuando el cerebro emocional y el cognitivo se complementan, uno para dar dirección a lo que queremos vivir (el emocional), y el otro para hacernos avanzar por ese camino de la manera más inteligente posible (el cognitivo), sentimos una armonía interior -un "estoy ahí, donde quiero estar en mi vida"- que sustenta todas las experiencias duraderas de bien estar.

Para vivir en armonía en la sociedad humana hay que alcanzar y mantener un equilibrio entre nuestras reacciones emocionales inmediatas -instintivas- y las respuestas racionales que preservan los vínculos personales a largo plazo. La inteligencia emocional se expresa al máximo cuando los dos sistemas del cerebro cooperan en todo momento. En este estado, los pensamientos, decisiones y gestos, se ajustan y fluyen de manera natural, sin que prestemos una atención particular. Este estado de bienestar es a lo que aspiramos continuamente: la manifestación de la armonía perfecta entre el cerebro emocional, que proporciona la energía y la dirección, y el cerebro cognitivo, que organiza su ejecución. 

El corazón de las emociones
Sentimos las emociones en el cuerpo, no en la cabeza: eso al menos parece que está claro. Una emoción es, ante todo, un estado corporal y, solo después, una percepción en el cerebro. Efectivamente, ¿no decimos que tenemos "el miedo en el cuerpo", o que sentimos "el corazón a mil", entre otras expresiones? 
Además de disponer de su propio sistema de neuronas semiautónomo, el corazón también es una fábrica de hormonas. Segrega su propia reserva de adrenalina, que libera cuando tiene necesidad de funcionar al máximo de sus capacidades. Y segrega también su propia reserva de oxitocina, la hormona del amor. Ésta se libera en la sangre, por ejemplo, cuando una madre amamanta a su bebé, cuando dos seres se besan, y en el transcurso del orgasmo. Todas estas hormonas actúan directamente sobre el cerebro. Al final, el corazón hace participar a todo el organismo de las variaciones de su vasto campo electromagnético, que se puede detectar a varios metros del cuerpo. Así pues, está claro que la importancia del corazón en el lenguaje de las emociones no es solo una imagen. El corazón percibe y siente. Y cuando se expresa, su influencia alcanza toda la fisiología de nuestro organismo, empezando por el cerebro.

En el siguiente vídeo pueden vivenciar el caso de una investigadora doctora en neurofisiología, compartiendo su experiencia de darse cuenta de la dualidad del cerebro a causa de un accidente cerebrovascular que ella misma padeció. Muy interesante! Que lo disfruten!